A esta misma hora, en una semana voy a estar en Oslo, sin conocer a nadie, sin entender la lengua, buscando cómo llegar a mi hotel en una ciudad ajena, una vez más. También una vez más es un libro lo que me lleva hasta una ciudad extraña. Me cuesta aprender los nombres de las calles, en realidad lo que me cuesta es recordarlos, pronunciarlos, hacerlos familiares. Conozco esta sensación de desamparo. Stener Ekern, un hombre encantador, un antropólogo noruego nacido en Canadá con quien entré en contacto y que habla español, acaba de regalarme dos palabras por correo: gata es calle y veien, camino, me enseñó. Los nombres de las calles tienen alguna de esas palabras al final y entonces las direcciones comienzan a tener sentido. La calle de mi hotel, por ejemplo, es Mollergata, que quiere decir "la calle del molinero". Este regalo de Stener se parece mucho a una llave, un código generoso para un lugar que no me pertenece, que no conozco y del que muy pocos me hablaron alguna vez.
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