Odio a mi
país. Me quiero largar de aquí. Este país es una mierda...
Frases todas que pululan en las pláticas entre mexicanos desde el día de ayer.
En redes y fuera de ellas.
Y la verdad es que las hubiera puesto entrecomilladas si yo mismo no las
hubiera pensado también. En algún momento.
Porque así duele. Tanto como para odiar, denostar, renunciar.
Pero hablamos o escribimos sin darnos cuenta de que tal vez eso sea lo más
terrible de todo este asunto. Que cedamos ante el horror y consintamos jugar un
juego en el que ellos, los verdugos, los responsables, terminarían mirando
complacidos desde la tribuna, riéndose de nosotros mientras se pasan entre
ellos la bolsa de palomitas. Y eso ya sería el colmo. Así que no les demos el
gusto.
Porque ellos seguramente no se dan cuenta pero nosotros tenemos la obligación
de advertirlo desde el principio y hacer algo para evitarlo: la raíz del dolor
que nos causaron ayer es porque así se siente la aniquilación de la esperanza.
El grito de "Vivos se los llevaron" -ellos no se dan cuenta pero
nosotros sí- es un grito de esperanza. Un pronunciamiento ante la bondad
posible en el ser humano. Un testimonio de fe en el futuro. Una apuesta por la
vida.
Y con su fría comparecencia, ayer el procurador quiso darle el tiro de gracia a
nuestra ya maltrecha esperanza.
Pero no le demos el gusto.
Por ahí dicen que es lo último que muere. Yo diría que es lo único que no
debería morir. Nunca. Se acaba eso y se acaba todo.
No hay justicia posible para los padres de los 43. Y mucho menos para los 43.
Por mucho que ahora el discurso oficial quiera marearnos con ese guión
propagandístico del "no descansaremos hasta". Ni siquiera la renuncia
del presidente devolvería a las aulas a uno solo de los que hoy son cenizas. Y
tristemente esa es la excusa que el señor esgrime para no dejar de subirse a su
avioncito y viajar a donde le plazca, entre más lejos de México, mejor.
No hagamos lo mismo.
Recordémosle al mundo que el país está lleno de nosotros, no de ellos. Que el
rostro de una persona no es la suciedad de su frente y mejillas, sino la piel
que está debajo, que siente y palpita. Mostrémosle al mundo que México es más
el verso que la sangre, más la idea que el terror.
Y a ellos...
No les demos el gusto.
A ellos hagámosles ver que, por más que lo intenten, hay cosas que nunca podrán
quitarnos.
Nuestro cariño por el país, por ejemplo.
El país, por encima de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario